Este post de mostillo manchego bien se podría llamar “Mostillo, o el arte de ir echando lo que vaya pidiendo”. Mi receta era ésta, la que se hacía en casa de mis abuelos, escrita por mi madre:

Ideal como podéis ver para ofrecerla en un sitio de recetas donde la persona que lo vaya a utilizar necesita cantidades. Quizás sea esta una de las cosas en las que me he vuelto más disciplinada, porque antes de webos fritos —menos en repostería, donde cabe poca improvisación respecto a medidas— yo cocinaba sin medir cantidades, como siempre lo había visto hacer a mi madre. Ahora procuro tener especial cuidado en este tema, para que quien se enfrente a una receta vaya a lo seguro, aunque es cierto que cuanto más soltura se tiene, el loquetevayapidiendo adquiere sentido y, en cierta manera, permite disfrutar más.
Este postre manchego es de una simplicidad absoluta y, sin embargo, es un bocado exquisito al paladar. Hay muchas recetas de mostillo, con variaciones respecto a lo que se le añade: en la mía, cáscara de limón, en otras naranja, en algunas, nueces, en la mía, piñones, alguna que otra le añade anís, la mía no lleva… Este postre es muy típico de la zona manchega —zona de muchas vides— ya que se elabora con mosto.
¿Es lo mismo arrope que mostillo? Mi abuela decía que no. Mostillo es mosto reducido espesado con harina, y arrope es el mosto al que se le añaden trozos de calabaza en la mayoría de los casos, o de melón o membrillo según las despensas y la época en la que se haga.

Por último un homenaje a esa palabra tan manchega como es lumbre.
Mis abuelos siempre al referirse al fuego hablaban de lumbre, incluso ya de mayores, viviendo en un piso y con una cocina a gas, después de que les expropiaran su huerta, donde tantas comidas se hicieron al calor de la lumbre.
Ya lo dijo A. Fernández de Hita, que fue 2º Premio IV Tormo de Oro en 1984:
«[…] esta tierra sabe a cocina de campo, a pitanza de pastores, sabe a hogar de baja lumbre, y sabe a fuerza de costumbre, a humo de paja y tea, a baleo, a soplillo y a silla baja de anea. Sabe a escudilla de barro, a jícara y a tinaja, a cántara y a cacharro; sabe a alacena, a trébedes y a candil, y a relatos de pastores en tibias noches de abril. Sabe como a sol y a viento, y al agua de aquel aljibe con su pozal tan sediento, sabe a conejo y tomillo, sabe a almazara y a esparto, sabe a lebrillo y a artesa y sabe a banca castellana de vieja madera, sabe a pastoril zarajo, a pistos y calandrajos, a resolí y paloduz, sabe a lo quieras tú, a espliego, a menta y a romero, a queso y a miel, a cordero, a tiznao y salmorejo, a buen vino de pellejo y a pimentón colorao, a trillos, horcas, a eras, a ramales, seras y esteras, a los eternos inviernos y las cortas primaveras. Sabe a caricia y a beso de claras noches de luna, sabe a esfuerzo y a sudor rústico labrador, a su interminable tajo y a su infinita labor […]
«Así, lentamente, día a día, fue surgiendo de esta gente lo que luego llamamos gastronomía, que no fue invento de ricos, ni de clases relamidas, sino patrimonio del alma de gentes de nuestra Cuenca, de nuestra Cuenca sencilla, y de esta Castilla tan ancha a la que todos conocen como Castilla-La Mancha.»
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